Un voto inteligente

Quiénes votan al gobierno con expectativas progresistas experimentan sensaciones contradictorias. Satisfacción por el juicio a los genocidas, la ley de medios, el matrimonio igualitario o la nacionalización de las AFJP. Desengaño por la destrucción de los ferrocarriles, la minería con cianuro y la regresividad impositiva. También hay irritación con los gobernadores que deforestan el monte y con los jerarcas sindicales que manejan patotas.
El reingreso al Congreso de la izquierda es la mejor opción que ofrece la coyuntura electoral, para avanzar en la introducción de drásticas medidas de reducción de la desigualdad social. La obtención de diputados para este sector es una meta difícil, pero factible. La multitud de votantes que apuntaló un derecho democrático de participación en las primarias de agosto debería reafirmar este sostén, atrayendo un nuevo segmento de electores.



UN VOTO INTELIGENTE

Claudio Katz

Quiénes votan al gobierno con expectativas progresistas experimentan sensaciones contradictorias. Satisfacción por el juicio a los genocidas, la ley de medios, el matrimonio igualitario o la nacionalización de las AFJP. Desengaño por la destrucción de los ferrocarriles, la minería con cianuro y la regresividad impositiva. También hay irritación con los gobernadores que deforestan el monte y con los jerarcas sindicales que manejan patotas.
Estos votantes habrán notado, además, que los logros democráticos y las mejoras sociales aparecen cuando hay conflictos con la derecha. En los momentos de estabilidad prevalece el reencuentro con el establishment. Todos se preguntan qué curso asumirá el próximo mandato de Cristina. Los confiados apuestan a la “profundización del modelo” y los realistas toman nota de las advertencias presidenciales contra las demandas callejeras.
El contexto es muy fluido. Ha resurgido la politización de la juventud y los movimientos sociales cuentan con capacidad de movilización. La derecha no logra reponerse del ánimo popular que emergió con el bicentenario. Pero se avecinan los nubarrones de la crisis global, con menos cartuchos oficiales para repetir las acciones del 2008-09. Si irrumpen situaciones más traumáticas, los antecedentes más añejos no son promisorios. El primer peronismo recurrió al ajuste para lidiar con la crisis externa (1952) y segundo reforzó esta receta (1975), embistiendo contra los intentos de radicalización que desafiaban el liderazgo presidencial.
Las circunstancias actuales son muy distintas. Pero la agenda progresista continuará vacante mientras no aparezca una fuerza de izquierda, que obligue a considerar ese temario. La debilidad de este actor limita drásticamente la confrontación con los dueños del poder.
Algunos piensan que esta batalla social exige un rotundo triunfo previo de CFK. Pero es evidente que el oficialismo superará con creces la plataforma de votos que necesitaría para embarcarse en esa empresa. En el escenario actual más bien falta lo opuesto: un protagonista capaz de actuar con independencia del gobierno, especialmente en las circunstancias problemáticas.
Basta recordar cuánto pesó la autoridad oficial para neutralizar los cuestionamientos que surgieron durante los asesinatos de los aborígenes en Formosa y de los desamparados en Jujuy. El mismo desagrado se insinuó recientemente, al calor de la ridícula causa que un ministro y sus jueces armaron contra el ferroviario Sobrero. Es evidente que el gran poder acumulado por el Ejecutivo acrecienta la tentación de regimentar la protesta social.
La gestación de sólidos referentes de izquierda es indispensable para crear un nuevo eje de interlocución de las iniciativas gubernamentales. Este cambio determinaría otro perfil del debate agrario. En lugar de mantener o reducir las retenciones se discutiría la disminución del IVA y la anulación de los privilegios impositivos que tienen los banqueros. La pulseada por liberar los precios o dibujarlos a través del INDEC sería reemplazada por una crítica a la rentabilidad lograda por los formadores de precios. En vez de optar entre el 82% tramposo de la derecha y los aumentos gubernamentales a cuentagotas se analizaría el financiamiento de las jubilaciones con aportes patronales. En este nuevo ordenamiento cobraría forma una tercera opción económica, superadora del neoliberalismo agro-exportador y el neo-desarrollismo conservador.
Algunas voces postulan erigir la agenda progresista mediante un fortalecimiento del centro-izquierda no oficialista. Pero este alineamiento ya tiene gran influencia y no logró instaurar el temario que necesita el país. Contra este objetivo conspiraron los coqueteos con la derecha en el Parlamento y en los medios. También incidió la elección de aliados más afines a la vieja retórica institucionalista de la UCR que a la movilización popular. Nunca se entiende, además, cómo se podrían superar las limitaciones del oficialismo argentino, imitando el sendero más conformista que ha impuesto la socialdemocracia de Uruguay o Brasil.
El reingreso al Congreso de la izquierda es la mejor opción que ofrece la coyuntura electoral, para avanzar en la introducción de drásticas medidas de reducción de la desigualdad social. La obtención de diputados para este sector es una meta difícil, pero factible. La multitud de votantes que apuntaló un derecho democrático de participación en las primarias de agosto debería reafirmar este sostén, atrayendo un nuevo segmento de electores.
Un avance de la izquierda también podría generar efectos positivos en las prácticas tradicionales de este sector. Buenos resultados en los comicios suelen contrarrestar la inercia sectaria, abriendo posibilidades de construcción de un nuevo espacio de intervención. El respaldo electoral favorecería, además, la renovación de un discurso forjado en la militancia, que necesita aproximarse a las audiencias masivas. El impulso a colocar una ficha en la izquierda no proviene esta vez sólo de las convicciones y las simpatías. Constituye una lúcida decisión del votante progresista.

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